Mi papá siempre fue más que un simple modelo a seguir; fue un mentor cuyas enseñanzas han impregnado cada aspecto de mi vida, especialmente en mi carrera como emprendedor -de hecho, en uno de los bancos en donde he estado haciendo algunos proyectos me decían «deberiamos de tener un libro que se llame las frases del papá de Boris» jajajajaja-. A través de su ejemplo y sus consejos, me enseñó no solo a navegar en el mundo de los negocios -sus enseñanzas a lo karate kid, es decir, que no encontras ni entendes lo que te esta enseñando hasta que te toca ponerlo en práctica y decis «en que momento aprendí esto»-, sino también a entender profundamente la gestión financiera, un pilar fundamental para cualquier emprendedor exitoso.
Historia de un Emprendedor en Formación
Uno de mis recuerdos más formativos ocurrió cuando era un adolescente. Mi papá tenía una regla simple pero muy ingeniosa para enseñarme el valor del dinero y la importancia de trabajar por lo que uno desea: «Puedes pedirme lo que quieras que te compre de regalo -para navidad o para cumpleaños o algún evento que lo mereciera-, cualquier cosa, lo que sea que quieras, pero para que te lo compre tu debes de juntar la mitad del valor de lo que quieres que te compre». Esta política fue mi primera incursión en el emprendimiento, ya que mi mente siempre estaba buscando maneras de generar ingresos para alcanzar mis metas.
Recuerdo que para una navidad, quería una bicicleta BMX que estaba fuera del presupuesto familiar regular -ya que la bicicleta que teníamos y compartíamos con mi hermana, era una vieja californiana-. En lugar de descartar mi deseo, mi Papá utilizó esto como una oportunidad de aprendizaje. Para obtener esa bicicleta, tenía que ser creativo y esforzarme; tenía que ganarme el derecho a disfrutarla. Vendí juguetes que ya no usaba, hice trabajos de jardinería para los vecinos, vendí pascuas, repartí revistas dentro de colonias vecinas, cargaba paquetes del supermercado hasta la casa de los vecinos y hasta organicé unas apuestas de carreras de caballos en el colegio con una maquinita de juegos que tenía y que cuando me descubrieron valió mi explusión. Cada centavo ganado me acercaba más a mi objetivo, y cada esfuerzo me enseñaba sobre el valor del dinero y la satisfacción del trabajo duro.

Durante todo el tiempo de mi crecimiento y cada vez que salíamos, mi Papá siempre me repetía estas tres reglas según aplicaban:
1. «Si no quieres gastar, no salgas de tu casa»
Este consejo de mi Papá fue uno de los primeros y más impactantes que recibí. Aunque inicialmente puede sonar restrictivo, encierra una profunda sabiduría sobre el control de los impulsos de consumo. La idea era simple: evitar situaciones donde la tentación de gastar fuera innecesaria y probable. En el contexto del emprendimiento, esto se traduce en la importancia de evitar gastos superfluos que no contribuyan directamente al crecimiento o la sustentabilidad del negocio. Por ejemplo, en lugar de alquilar una oficina lujosa en los primeros días de una startup, optar por un espacio más modesto o trabajar desde casa puede ser una decisión financiera más sólida y sostenible.
2. «Hasta que no sea necesario el gasto, no se gasta»
Este pilar refleja la filosofía de prudencia y previsión. Mi Papá me enseñó a evaluar cada gasto potencial rigurosamente, considerando si era esencial para la operación o el crecimiento del negocio. En nuestra práctica, esto significaba mantener una infraestructura ajustada, donde cada inversión tenía que justificarse con claros retornos anticipados. Por ejemplo, antes de invertir en tecnología costosa, buscábamos alternativas más económicas o esperábamos hasta que el crecimiento del negocio realmente justificara y requiriera tal inversión. Este enfoque no solo nos ayudaba a mantener bajos los costos operativos sino que también fomentaba un crecimiento orgánico y sostenido.
3. «Cuando gastes, recuerda que para que alcance tiene que sobrar»
En otras palabras «y cuando te toque gastar, no estes pensando en cuanto vas a pagar». Este principio inculcado por mi Papá va más allá de la simple mesura. No se trata de ser mezquino con los gastos, sino de entender cuándo y cómo invertir de manera inteligente. La lección aquí es que cuando es necesario realizar un gasto, debemos hacerlo de manera suficiente y adecuada para evitar la necesidad de correcciones costosas o compras adicionales en el futuro. En el contexto del emprendimiento, esto significa que al realizar inversiones cruciales -ya sea en inventario, infraestructura o talento-deberíamos asegurarnos de adquirir lo suficiente para no solo cubrir nuestras necesidades inmediatas sino también permitir un margen para el crecimiento inesperado o las oportunidades.
Por ejemplo, al adquirir materia prima para un producto, comprar en cantidad puede asegurar mejores precios y evitar la interrupción de la producción debido a la escasez de suministros. Esta forma de pensar promueve una planificación efectiva y una gestión de recursos que equilibra entre la eficiencia del gasto y la preparación para el futuro, garantizando que el negocio no solo sobreviva sino que también esté bien posicionado para aprovechar las oportunidades sin demoras o compromisos innecesarios.

Conclusión: Lecciones Que Transcenden el Tiempo
Las enseñanzas financieras de mi Papá no sólo formaron la base de mi acercamiento al emprendimiento, sino que también se han convertido en un legado invaluable que he transmitido a futuras generaciones de emprendedores por medio de la Asociación de Emprendedores – ASEGUA y mis conferencias. A través de su sabiduría, aprendí no solo la importancia de una gestión financiera prudente y deliberada, sino también cómo estas prácticas pueden ser integradas de manera holística en la creación y el crecimiento de un negocio.
En un mundo donde el emprendimiento es a menudo sinónimo de riesgo y la posibilidad de fracaso es alta, las lecciones de mi Papá ofrecen un marco para navegar por el tumultuoso paisaje de los negocios con una mayor seguridad y estabilidad. Han sido estas mismas lecciones las que me han permitido no solo sobrevivir, sino prosperar en tiempos de incertidumbre económica, adaptándome a las fluctuaciones del mercado mientras mantengo una firmeza en mis principios financieros.
Más allá de la gestión del dinero, mi Papá me enseñó el valor de la previsión y la importancia de la responsabilidad no solo hacia uno mismo sino hacia los colaboradores, clientes y la comunidad. Estos principios no solo aseguran la salud financiera de una empresa, sino que también fomentan una cultura empresarial de confianza, lealtad y respeto mutuo, elementos que son fundamentales para cualquier negocio sostenible y ético.
Al compartir estas enseñanzas, mi objetivo es inspirar a otros emprendedores a considerar cómo los principios de gestión financiera prudente pueden ser aplicados en sus propias empresas. No sólo para proteger sus recursos sino para fomentar un crecimiento consciente y sostenible. En honor a mi Papá, continúo abogando por prácticas financieras que no solo buscan el beneficio inmediato sino que preparan a la empresa para el futuro, permitiendo que los negocios no sólo sobrevivan sino que se transformen y evolucionen con sus comunidades y mercados.
Así, el legado de mi Papá trasciende las cifras en libros de contabilidad; se extiende hacia la formación de emprendedores que son no solo capaces de generar riqueza, sino de hacerlo de manera que respete y enriquezca el entorno humano y social en el que operan. Su visión y enseñanzas siguen vivas en cada decisión que tomo, guiando mi camino en el mundo del emprendimiento con una mano firme y un corazón consciente.

